Soy parte de una generación que vivió en medio de la violencia
revolucionaria
La cosa sería entre asesinar y no asesinar. Eso es lo que se juega en la historia.La muerte nunca puede ser utilizada como un símbolo. Me refiero, por ejemplo, a la figura de Aramburu.Allí se comenzaron a usar las categorías del enemigo. El hecho llevó a que todo el espectro político-social resistente estuviera marcado desde los que dan la muerte.El terror fue una respuesta contra la rebeldía social: también ellos tenían miedo.“Diálogo con León Rozitchner: Violencia y Contraviolencia”en Diálogos de Vicente Zito Lema
Mario Hernandez (MH): Buenos días Doctor Honoris Causa. Estoy
en la radio, no tan bien como vos que gracias a nosotros tuviste el privilegio
de desayunar en la cama, compartiendo el aire con Héctor Freire y Fernando
Krichmar, realizador de “Seré millones”, una película documental que aborda el
robo al BANADE en enero de 1972, el denominado “robo del siglo” ya que fueron
casi U$S 10.000.000. ¿Lo recordás?
Vicente Zito Lema (VZL): Tengo muy buena memoria.
MH: Ese dinero sirvió, entre otras cosas, para financiar la fuga del
penal de Trelew, meses después, lugar al que volviste al cumplirse 40 años de la
masacre.
VZL: Fue la primera vez en que los familiares de las víctimas se
pudieron reunir. Es muy complejo entender por qué hasta ese momento nunca lo
habían hecho, pero así son las cosas, la vida está llena de complejidades, de
angustias, de situaciones, no descubro nada nuevo diciendo esto.
Fue un momento inolvidable para mí ver a tantos familiares reunidos en una
mesa. Se consiguió un quincho, cerca de la playa Unión, en Rawson, y ahí todos
los familiares juntos, alegres y llorando, esas cosas tan latinas nuestras,
compartiendo un pedazo de pan y carne, se pudo hacer una especie de recordación
viva donde cada uno trajo sus recuerdos, sus angustias y alegrías, todo lleno de
una honestidad gigantesca y una necesidad de tocarle la cara al otro, de verse
en sus ojos.
Es muy difícil para mí, por más que trabajo tantos años con las palabras,
poder recordar y transmitir esa mesa de la playa en Rawson, rodeado de casi 40 o
más familiares de los compañeros masacrados en Trelew.
También debo decir y ruego que se entienda que no lo hago por darme
importancia, soy casi uno de los pocos que por edad y haber conocido a los
compañeros, los familiares podían como sentir que yo representaba algo y
entonces me hicieron parte de esa misma ceremonia y recibí un cariño gigantesco
que quedará para siempre en mi recuerdo.
MH: Quería conversar sobre Diálogos, tu último libro editado
por Topía, aunque sea brevemente.
Dentro de 2 semanas vamos a recordar a León Rozitchner al cumplirse un año de
su desaparición física, no intelectual, con tu participación, la de Enrique
Carpintero y James Petras.
Te decía que quería referirme a Diálogos. Encuentro con Jacobo Fijman,
Enrique Pichon Rivière, Fernando Ulloa y León Rozitchner, particularmente,
como empezamos recordando el 22 de agosto de 1972, sobre León, con quien abordás
el tema de la violencia y la contraviolencia.
El texto me dejó una sensación que te la manifesté por email y ahora
aprovecho para preguntártelo al aire. Si bien hay una especie de recreación
intelectual, me llamó poderosamente la atención la posición de Rozitchner en
relación a la violencia porque me hizo recordar, en alguna medida, a “la teoría
de los dos demonios”. Fue un tema que me impactó mucho de la lectura de tu
libro.
VZL: Es muy fuerte lo que decís y me quedo pensando mientras vos estás
hablando. Es una situación compleja. Quiero aclarar que todo lo que pongo en
boca de León, doy fe de honor, es cierto. Es un diálogo pero León ya no está y
entonces queda en nuestra buena fe interpretar sus palabras.
Doy fe pública que todo lo que dice León en el diálogo es lo que ha dicho. Es
obvio que cuando hay un escritor que trabaja con personajes puede ser que a
veces cambie alguna cosa porque todo lo que pasa por uno siempre queda marcado
por una subjetividad. En este caso la situación era, diría yo, traumática,
porque soy parte de una generación que tuvo que vivir en el medio de la
violencia revolucionaria. Es muy complejo recordar todo como fue, pero en el
momento concreto que se da el diálogo con León debo decir que pensaba tal como
queda en el libro. Este es un punto de partida como límite. Lo que dice León es
lo que pensó.
También es un momento concreto de su vida, lo que no quita, como diría
Spinoza, ese filósofo del que tanto se nutrió León y yo también, que en tanto
acto de un sujeto implica el pensamiento en un momento dado de su vida, lo cual
no quita que en otro haya pensado o actuado desde otras coordenadas, desde otras
dimensiones políticas y psicológicas diferentes. Cuando se da el diálogo es lo
que realmente él piensa y si lo digo en relación al conjunto de los pensamientos
que le he escuchado, diría que León no siempre pensó como lo hizo en ese
momento.
Por más que yo sea un escritor, no puedo en la especificidad concreta de lo
que estamos hablando decir que lo que dice León es lo que pensaba siempre, que
es el resumen de su pensamiento. Para eso hay que recorrer su obra, pero estoy
absolutamente convencido que en los últimos años de su vida pensaba tal como
aparece en el diálogo.
Ese es el León Rozitchner de los últimos años y no quita, porque lo conocí
bien, que en otros años haya tenido un pensamiento, diría yo, no tan drástico,
no tan dramático, no tan angustiante en relación a la violencia.
En sus últimos años, y cuesta explicarlo, León que tenía una formación
marxista muy estricta, deja la categoría divisoria de aguas que es la lucha de
clases para entrar, pienso yo, en una división más de tipo idealista, poniendo
en un lado el bien absoluto y del otro al mal absoluto, más bien de tipo
espiritual.
Por eso es la complejidad que trae este último León Rozitchner que sentía que
la muerte en sí misma era algo tan absolutamente negativo, una especie de
dialéctica de la negación, que no entendía que en pos del bien o de una
revolución, para decirlo menos filosóficamente y más claro, alguien que quiere
practicarla, incluso un oprimido que sufre toda la indignidad de la opresión,
practicara la violencia. El sentía que en la violencia estaba el mal
civilizatorio, que había que trasponer la opresión sin quedar marcado,
confundido, con la manera violenta que se ejerce el dominio por parte de las
clases dominantes.
Lo digo con respeto, pero me viene como metáfora directa León convertido en
un león que quiere comer nada más que el pasto.
MH: Un León hervíboro.
VZL: Esa es la palabra que no me animaba a decir. Es lo que siento,
por supuesto, con una dignidad propia de un pensador de su tamaño.
Nuestros héroes de Trelew no querían la violencia
MH: Ultimamente siempre que te entrevisto armás unos líos bárbaros, la
última vez fue con Haroldo Conti.
VZL: Somos parte de una generación muy compleja y no es tan simple.
Justamente en el acto más grande por Trelew, Hilda, la compañera de uno de los
héroes, dijo algo que puede ser importante. Trato de transmitirlo: ‘va a ser
siempre difícil que la gente entienda que nuestros héroes de Trelew no querían
la violencia, pero tuvieron en un momento histórico, ellos que no eran
violentos, que practicarla para que no siguiera destruyéndonos’.
Esa es la gran angustia existencial. Seres, y me incluyo porque fuimos una
generación, que amábamos la vida, obligados en su defensa a practicar la
violencia porque sino la vida no es, se termina en las manos estranguladoras de
los que tienen el poder histórico, económico, cultural, que tienen el dominio
sobre nuestras vidas. La vida de una mayoría de la sociedad se va convirtiendo
diariamente en muerte.
La pregunta de fondo sería: ¿Transitar por los caminos de la muerte para
llegar al bien, la vida y la libertad, es posible? Cada una tendrá que plantarse
frente a un espejo y contestar de buena fe. Yo me planto frente al espejo de la
historia, humildemente, sin representar a nadie, hablando desde lo hondo de mí y
creo que no había otra manera de enfrentar a la dictadura militar de la época
sino desde la forma en que buena parte de nuestra generación lo hizo. ¿Nos
guiaba la violencia? No, nos guiaba la vida y hubo que vencer en nuestro
interior esa misma violencia que, por supuesto, no es en sí misma buena pero en
pos de un sentido reivindicativo profundo de la existencia humana fue un
instrumento que hubo que practicar, con un dolor gigantesco, porque el que crea
que nuestra generación gozó con la violencia, sinceramente no comprendió nada de
esa generación ni de la historia.
Tampoco vamos a pensar que aquí hubo dos demonios. Hubo uno solo y una
generación que lo enfrentó y tuvo que usar todo lo que la historia puso a su
alcance para enfrentarlo.
La muerte de cualquier ser humano siguió siendo el
dolor de aquéllos que amamos la vida. Es una contradicción profundísima, casi
imposible de resolver desde la palabra, pero no dudo que desde el profundo fondo
del corazón humano nuestra generación no se sintió agobiada por practicar la
violencia, sino que lo hizo sabiendo que se iba hacia la alegría profunda de la
libertad humana que es mucho más que la violencia. Es el sujeto en acción en
toda la potencia de la vida.
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