Por: Martín Caparrós
Un viejo amigo, el ensayista y editor Alejandro Katz, me mandó un
texto que intenta una pequeña sociología del kirchnerismo, y que me dio
ganas de retomar otra posibilidad de este blog: la publicación –de tanto
en tanto– de escritos ajenos para su discusión, su desarrollo. Que dos
líneas más arriba diga "por Martín Caparrós" es sólo un problema
técnico: forma parte de la plantilla de este blog y me dicen que
cambiarlo es muy difícil. Pero esta columna, queda dicho, fue escrita
por mi invitado Alejandro Katz. (M.C.)
Un amigo me escribe, entristecido, lo siguiente:
“Sigo impresionado por el fervor patriótico (filo K) que predomina en el medio ambiente progre que suelo frecuentar.
Más me asombra aún esa renovada fe que impera entre muchos ex
combatientes de mis tiempos juveniles, veteranos de varios fracasos,
gente grande que ya cuenta con nietos (y que exhiben, junto a las fotos
de Néstor, Evita y el Che en esa curiosa vidriera llamada facebook).
Hoy leí dos perfiles que me dejaron boquiabierto:
Caso Uno. Señora de sesenta y pico largos, ex comunista, ex novia
de consagrado cantautor popular, ex alumna del Colegio Nacional de
Buenos Aires, hija de un matrimonio de médicos, viejos militantes
bolcheviques que enfrentaron con ahínco al peronismo durante toda su
vida:
(sic) Ideología: nacional, popular y kirchnerista”
Caso Dos. Hermano de señora de sesenta y pico, también sexagenario,
abogado, larga experiencia en uso de cachiporras, manoplas y armas de
bajo calibre durante enfrentamientos y escaramuzas, en la década del 70,
con la JUP, JP y Montoneros:
(sic) Ideología: progre populista.
Algo me perdí en estos años, algo no estoy entendiendo y me lo sigo
perdiendo. Y temo que, ya que todos se ven tan bien, lo que me estoy
perdiendo debe ser importante.”
Me dio tristeza el comentario triste de mi amigo, porque yo también
estoy entristecido: en medio de la miseria argentina –miseria de los
miserables que se mueren de hambre, miseria de los miserables que se
hacen ricos con los dineros públicos– una de las peores cosas que nos
ocurre, creo, es la expropiación de los valores –y de los conceptos en
que esos valores se expresan– para convertirlos en armas de acumulación
de poder y de riqueza. Algo de lo peor que ha hecho el kirchnerismo es
sustraer el sentido a palabras como “justicia”, “igualdad” y “derechos”.
Y, envuelto en esos sentimientos, le respondí, a mi amigo triste:
Creo que hay tres tipos de kirchneristas:
–Los Melancólicos: son aquellos que vivieron, en los sesenta y
setenta, con la sensación épica de un “sentido de la vida”. Que padecían
una mezcla de romanticismo revolucionario y solidaridad adolescente.
Que siempre pensaron que aquel fue el mejor momento de sus vidas, y
creen que lo fue por los “ideales”, sin darse cuenta de que lo fue
porque eran jóvenes, porque en todo fluía un erotismo más bien
incumplido, porque luego no pudieron entender que la vida no es una
sucesión de escenas revolucionarias sino la administración cuidadosa de
la contradictoria complejidad de los afectos, las ideas, las emociones y
la sobrevivencia. Estos, en general, no ocupan puestos públicos ni se
benefician espuriamente de las decisiones del gobierno, lo cual los
condena, por supuesto, a decepcionarse una vez más dentro de un tiempo y
así confirmarse en su posición melancólica ante el mundo.
–Los Cínicos: aquellos que hacen suyo un discurso que no solo les fue
siempre ajeno sino que les es verdaderamente indiferente. Son quienes,
al hablar de las cosas, ignoran que entre los conceptos y el mundo hay
una relación, y que cuanto más estrecha sea esa relación las cosas serán
–éticamente– mejores. Son aquellos para quienes lo dicho por Feinmann
es incomprensible: “Es difícil adherir a un gobierno popular de dos
millonarios que hablan de los pobres”. (En realidad, pobre Feinmann:
quiso acortar la distancia entre los conceptos y el mundo y así le fue.)
Es justamente eso lo que no preocupa a los cínicos: ¿por qué va a ser
difícil hablar de los pobres mientras uno se hace millonario? O,
incluso, si hablar de los pobres es una forma de hacerse millonario, ¿no
es lo mejor hablar –y mucho– de los pobres?
–Los Resentidos: esos son los personajes que en los sesenta y en los
setenta no tenían ideales sino ambiciones. Los que querían ganar la
guerra revolucionaria para convertirse en la nueva clase dominante. Y
que la perdieron. Y quedaron, entonces, frustrados y llenos de rencor.
Alguien les birló el negocio, digamos, y se quedó con el aparato del
estado para hacerse rico, en lugar de permitir que lo hicieran ellos.
Esos, como Kunkel o Conti o como tantos cientos, que solo querían ser
“los dueños de la tierra”. Lo intentaron por la vía de la revolución,
les fue mal, y ahora están en pleno afán compensatorio. Justicia
distributiva, que le llaman a esa forma de hacerse rico con los recursos
públicos, mientras se vengan de los que no les permitieron hacerlo
antes. Estos, creo, son los peores: los melancólicos provocan una cierta
piedad; los cínicos son los oportunistas de siempre; los resentidos
están llenos de odio y no sólo quieren acumular poder y riqueza sino
también dañar: a quienes los dañaron, a quienes piensan distinto, a
quienes actúan guiados por motivaciones menos perversas que las suyas.
Habrá, perdido por allí, algún ingenuo: alguien que cree en un
discurso que ya no sabe cómo ocultar las marcas de la mentira. Mi amigo
–más prudente, más mesurado, más equilibrado, más viejo– me modera: “Los
K tocaron, en la gente honesta, alguna clavija que estaba floja… Es
difícil soportar tanta frustración.” Tiene razón: allí están los
honestos que necesitan ser engañados. La historia da suficiente
testimonio de su conducta.
Son pocos –muy pocos– quienes no pertenecen a ninguna de estas
categorías y, sin recibir ningún beneficio directo –directo: contante y
sonante- del gobierno creen que hay algo bueno en lo que ocurre.
Le escribí a mi amigo, también: si no estás buscando reparar (de un
modo autocomplaciente) la antigua herida de un fracaso (y no es que
tengamos pocos fracasos para intentar curar), ni estás intentando sin
escrúpulos (pero con coartadas ideológicas) acumular poder y riqueza,
sólo te queda la sensación de que te perdiste algo. Efectivamente, la
vida no es el perpetuo campo de batallas del bien contra el mal, sino
simplemente el escenario de un teatro de pueblo en el que desempeñamos
papeles menores de comedias sencillas. Nos perdimos, sí, pelear en la
Guerra Civil Española y ser miembros de la resistencia francesa y bajar
de la Sierra Maestra y hacer barricadas en mayo del 68 (en París) y
resistir a los tanques en Praga y participar de las manifestaciones
contra Vietnam (pero en California y en Washington, no acá) y defender a
Allende en el Palacio de la Moneda. Todo eso nos perdimos. Pero no creo
que nos hayamos perdido la posibilidad de ser progresistas nacionales y
populares, cristinistas y nestoristas, becarios del mega estado
populista…
Siempre es duro estar a la intemperie. Pero creo que prefiero eso que
abrir una cuenta en Facebook y poner –¿cómo era?– “ideología: nacional,
popular y kirchnerista”. Por eso se empieza: una cuenta en Facebook y,
después, una cuenta en Suiza.
viernes, 1 de marzo de 2013
El progresismo reaccionario
Por Alejandro Katz
Hace ya más de ocho años que el gobierno de los asuntos públicos en la Argentina ha recaído en un grupo que, tímidamente al principio, y más estruendosamente a medida que percibía los réditos de la estrategia, ha venido reclamando para sí la titularidad del ideario progresista. Voluntariamente no programático, suficientemente impreciso como para poder acomodar allí aquello más oportuno en cada situación, ese ideario está alternativa o simultáneamente integrado por conceptos, valores o emociones que proceden del peronismo tradicional, de un izquierdismo rudimentario o de un nacionalismo ramplón. Con escasa sofisticación intelectual, pero con alta eficacia política, el discurso oficial organizó dos campos simbólicos: el de los buenos y lo bueno, ocupado por el pueblo y sus abnegados gobernantes, acompañados por una creciente nomenklatura y secundados por grupos de académicos e intelectuales que ocupan los medios escritos, personajes famosos de una cultura glamorosa que se expanden por la radio y la televisión y un lumpemproletariado útil para disputar la calle, y el de quienes encarnan el mal: los medios “monopólicos” de comunicación, los empresarios ambiciosos, los nostálgicos del neoliberalismo, los lacayos del pensamiento hegemónico, los imprecisos imperios siempre amenazantes. La entrada y salida de los actores en uno y otro escenario se sucede según un orden caprichoso, que obliga al coro a adecuar sus alabanzas y sus diatribas según el voluble estado de ánimo de quien dirige la escena. Camuflaje, máscara o disfraz, el discurso progresista ha resultado útil para satisfacer las exigencias morales de algunos sectores de la clase media sin afectar los intereses reales de casi ningún grupo de poder, manteniendo a la vez el control social de los sectores más desprotegidos de la sociedad por medio de los mecanismos clientelares clásicos. Fundado sobre una serie de falacias, abonado por abundantes dosis de hipocresía y cinismo, enunciado por funcionarios que carecen de cualquier antecedente que haga verosímil la adopción tardía de un sistema de ideas y valores ajeno a sus tradiciones políticas y a sus prácticas corrientes, el “discurso progresista” del gobierno ha resultado eficaz no solo para integrar en sus filas a importantes sectores de opinión –que no distinguen, o simplemente disimulan, la distancia entre los valores declarados y los intereses defendidos–, sino también para silenciar a una oposición que, ingenua o cómplice, fue dejada sin habla, subyugada muchas veces por gestos engañosos a los que acompañó como si fueran verdaderos. Un discurso sesgado a la izquierda que, combinado con prácticas profundamente reaccionarias, satisfizo durante muchos años a un porcentaje muy amplio de la población. Las falacias del progresismo reaccionario que gobierna a la Argentina son múltiples, variadas y mutantes. Bajo el manto neblinoso que han ido desplegando sobre la realidad, se ocultan ideas del mundo que, traducidas en políticas concretas, dan cuenta de una ideología conservadora en la concepción de la riqueza y en su idea de la cultura, y de una ideología reaccionaria en su concepción del poder y de la democracia. La falacia del crecimiento, la distribución y el consumo, uno de los principales pilares de esa engañosa construcción, consiste en hacer creer que las mejoras de los ingresos de los sectores asalariados son el indicador más relevante para decidir el valor ideológico de una política económica. Sin embargo, en ausencia de una política fiscal y crediticia adecuada –y aún más cuando la inflación es del orden del 25% anual–, la mejora de ingresos de los asalariados es fundamentalmente una transferencia de renta a los productores de bienes y servicios, y su efecto más destacable es la contribución que hace para incrementar la concentración de la riqueza. La ausencia de políticas públicas progresistas impidió que la población convirtiera los mejores ingresos en ahorros, es decir en riqueza, condenándola a consumir los excedentes generados con su trabajo, sin posibilidad de capitalizarlos. Así, los autos, las motos y los televisores fueron en estos años los símbolos emblemáticos de una sociedad cuyo consumo producía, por una parte, votos para el gobierno y, por otra, ingresos extraordinarios para sectores empresariales muchas veces prebendarios, cuando no directamente predatorios. Hacer que el crecimiento de la economía dependa del consumo está en las antípodas del pensamiento progresista, que habría estimulado el ahorro privado y público, y lo habría hecho derivar en inversiones que incrementaran la riqueza de los sectores populares y medios de la sociedad (promoviendo, por ejemplo, el acceso a la vivienda propia), que mejoraran la capacidad de producción de la economía y que fortalecieran la cantidad y calidad de los bienes públicos: salud, educación, cultura, justicia e infraestructuras. La crítica de la “sociedad de consumo” ha sido central en la construcción del pensamiento progresista, pero ha estado ruidosamente ausente del discurso oficial. A la democracia de propietarios que proponía John Rawls, el gobierno kirchnerista opuso un capitalismo de Estado que no solo concentra la riqueza, sino también, necesariamente, el poder. Si la concentración de riqueza tiene su correlato en una concentración inaudita de poder es porque una economía de consumidores –y no de propietarios– se corresponde con una democracia de clientes –y no de ciudadanos. Cuando el poder político está muy mal distribuido, inevitablemente –y el adverbio no es un recurso de estilo– provoca que aquellos que lo controlan lo utilicen en favor de sus propios intereses y en contra de los intereses del conjunto de la sociedad. Por eso, desde el liberalismo político hasta la izquierda, la distribución del poder es una reivindicación principal del pensamiento progresista. Reivindicación que nunca, ni cuando gobernaban una provincia de la Patagonia, ni desde que se asentaron en el gobierno nacional, fue compartida ni en el discurso ni mucho menos en sus prácticas por el grupo gobernante. Aunque la falacia de la “distribución” y la falacia “del poder popular” son quizá las más reveladoras del carácter reaccionario del gobierno, sus políticas se sostienen sobre otras muchas: la de los “épicos combates”, por ejemplo, que en verdad el kirchnerismo nunca libró. El más emblemático de esos combates, el de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, no fue un conflicto político ni ideológico, sino tan solo una mal encarada negociación para la apropiación de renta. Las grandes batallas del gobierno no fueron, en general, otra cosa que eso: la expropiación de las acciones de YPF o la lucha contra la prensa independiente son intentos de incrementar el poder económico o político, no en beneficio de la sociedad –que finalmente termina dañada–, sino del grupo gobernante. Junto con la falacia de los épicos combates es recurrente la “falacia de las cosas buenas”, que funciona como argumento de autoabsolución y como cierre de toda crítica acerca de la gestión del gobierno. Todo discurso opositor es cancelado con una enumeración de virtudes. Eso implica ignorar que todo gobierno –aun los peores– tiene en su haber “cosas buenas”. La falacia consiste en tomar el todo por la parte, y considerar que es un “buen gobierno” aquel que ha hecho “cosas buenas”. Sin embargo, las decisiones que el gobierno convierte en emblemas de sus virtudes no han sido más que gestos carentes de riesgos y carentes de costos, con los cuales acumular prestigio simbólico progresista. El gobierno kirchnerista es, a diferencia del conservadurismo popular menemista de raíz thatcheriana que dirigió la Argentina en la década de 1990, un gobierno profundamente reaccionario: al agudizar la desigual distribución de la riqueza y empeorar la distribución del poder político, establece las condiciones para la permanencia de un régimen autocrático cada vez más corrupto, ineficiente y autoritario. Un régimen que intentó convencernos de que su política se inscribía en el ideario progresista, pero del cual es necesario recordar, parafraseando a Gore Vidal, que forma parte de una escena política en la que actúa un solo partido, un partido de derecha con dos alas: el peronismo conservador y el kirchnerismo reaccionario.
Hace ya más de ocho años que el gobierno de los asuntos públicos en la Argentina ha recaído en un grupo que, tímidamente al principio, y más estruendosamente a medida que percibía los réditos de la estrategia, ha venido reclamando para sí la titularidad del ideario progresista. Voluntariamente no programático, suficientemente impreciso como para poder acomodar allí aquello más oportuno en cada situación, ese ideario está alternativa o simultáneamente integrado por conceptos, valores o emociones que proceden del peronismo tradicional, de un izquierdismo rudimentario o de un nacionalismo ramplón. Con escasa sofisticación intelectual, pero con alta eficacia política, el discurso oficial organizó dos campos simbólicos: el de los buenos y lo bueno, ocupado por el pueblo y sus abnegados gobernantes, acompañados por una creciente nomenklatura y secundados por grupos de académicos e intelectuales que ocupan los medios escritos, personajes famosos de una cultura glamorosa que se expanden por la radio y la televisión y un lumpemproletariado útil para disputar la calle, y el de quienes encarnan el mal: los medios “monopólicos” de comunicación, los empresarios ambiciosos, los nostálgicos del neoliberalismo, los lacayos del pensamiento hegemónico, los imprecisos imperios siempre amenazantes. La entrada y salida de los actores en uno y otro escenario se sucede según un orden caprichoso, que obliga al coro a adecuar sus alabanzas y sus diatribas según el voluble estado de ánimo de quien dirige la escena. Camuflaje, máscara o disfraz, el discurso progresista ha resultado útil para satisfacer las exigencias morales de algunos sectores de la clase media sin afectar los intereses reales de casi ningún grupo de poder, manteniendo a la vez el control social de los sectores más desprotegidos de la sociedad por medio de los mecanismos clientelares clásicos. Fundado sobre una serie de falacias, abonado por abundantes dosis de hipocresía y cinismo, enunciado por funcionarios que carecen de cualquier antecedente que haga verosímil la adopción tardía de un sistema de ideas y valores ajeno a sus tradiciones políticas y a sus prácticas corrientes, el “discurso progresista” del gobierno ha resultado eficaz no solo para integrar en sus filas a importantes sectores de opinión –que no distinguen, o simplemente disimulan, la distancia entre los valores declarados y los intereses defendidos–, sino también para silenciar a una oposición que, ingenua o cómplice, fue dejada sin habla, subyugada muchas veces por gestos engañosos a los que acompañó como si fueran verdaderos. Un discurso sesgado a la izquierda que, combinado con prácticas profundamente reaccionarias, satisfizo durante muchos años a un porcentaje muy amplio de la población. Las falacias del progresismo reaccionario que gobierna a la Argentina son múltiples, variadas y mutantes. Bajo el manto neblinoso que han ido desplegando sobre la realidad, se ocultan ideas del mundo que, traducidas en políticas concretas, dan cuenta de una ideología conservadora en la concepción de la riqueza y en su idea de la cultura, y de una ideología reaccionaria en su concepción del poder y de la democracia. La falacia del crecimiento, la distribución y el consumo, uno de los principales pilares de esa engañosa construcción, consiste en hacer creer que las mejoras de los ingresos de los sectores asalariados son el indicador más relevante para decidir el valor ideológico de una política económica. Sin embargo, en ausencia de una política fiscal y crediticia adecuada –y aún más cuando la inflación es del orden del 25% anual–, la mejora de ingresos de los asalariados es fundamentalmente una transferencia de renta a los productores de bienes y servicios, y su efecto más destacable es la contribución que hace para incrementar la concentración de la riqueza. La ausencia de políticas públicas progresistas impidió que la población convirtiera los mejores ingresos en ahorros, es decir en riqueza, condenándola a consumir los excedentes generados con su trabajo, sin posibilidad de capitalizarlos. Así, los autos, las motos y los televisores fueron en estos años los símbolos emblemáticos de una sociedad cuyo consumo producía, por una parte, votos para el gobierno y, por otra, ingresos extraordinarios para sectores empresariales muchas veces prebendarios, cuando no directamente predatorios. Hacer que el crecimiento de la economía dependa del consumo está en las antípodas del pensamiento progresista, que habría estimulado el ahorro privado y público, y lo habría hecho derivar en inversiones que incrementaran la riqueza de los sectores populares y medios de la sociedad (promoviendo, por ejemplo, el acceso a la vivienda propia), que mejoraran la capacidad de producción de la economía y que fortalecieran la cantidad y calidad de los bienes públicos: salud, educación, cultura, justicia e infraestructuras. La crítica de la “sociedad de consumo” ha sido central en la construcción del pensamiento progresista, pero ha estado ruidosamente ausente del discurso oficial. A la democracia de propietarios que proponía John Rawls, el gobierno kirchnerista opuso un capitalismo de Estado que no solo concentra la riqueza, sino también, necesariamente, el poder. Si la concentración de riqueza tiene su correlato en una concentración inaudita de poder es porque una economía de consumidores –y no de propietarios– se corresponde con una democracia de clientes –y no de ciudadanos. Cuando el poder político está muy mal distribuido, inevitablemente –y el adverbio no es un recurso de estilo– provoca que aquellos que lo controlan lo utilicen en favor de sus propios intereses y en contra de los intereses del conjunto de la sociedad. Por eso, desde el liberalismo político hasta la izquierda, la distribución del poder es una reivindicación principal del pensamiento progresista. Reivindicación que nunca, ni cuando gobernaban una provincia de la Patagonia, ni desde que se asentaron en el gobierno nacional, fue compartida ni en el discurso ni mucho menos en sus prácticas por el grupo gobernante. Aunque la falacia de la “distribución” y la falacia “del poder popular” son quizá las más reveladoras del carácter reaccionario del gobierno, sus políticas se sostienen sobre otras muchas: la de los “épicos combates”, por ejemplo, que en verdad el kirchnerismo nunca libró. El más emblemático de esos combates, el de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, no fue un conflicto político ni ideológico, sino tan solo una mal encarada negociación para la apropiación de renta. Las grandes batallas del gobierno no fueron, en general, otra cosa que eso: la expropiación de las acciones de YPF o la lucha contra la prensa independiente son intentos de incrementar el poder económico o político, no en beneficio de la sociedad –que finalmente termina dañada–, sino del grupo gobernante. Junto con la falacia de los épicos combates es recurrente la “falacia de las cosas buenas”, que funciona como argumento de autoabsolución y como cierre de toda crítica acerca de la gestión del gobierno. Todo discurso opositor es cancelado con una enumeración de virtudes. Eso implica ignorar que todo gobierno –aun los peores– tiene en su haber “cosas buenas”. La falacia consiste en tomar el todo por la parte, y considerar que es un “buen gobierno” aquel que ha hecho “cosas buenas”. Sin embargo, las decisiones que el gobierno convierte en emblemas de sus virtudes no han sido más que gestos carentes de riesgos y carentes de costos, con los cuales acumular prestigio simbólico progresista. El gobierno kirchnerista es, a diferencia del conservadurismo popular menemista de raíz thatcheriana que dirigió la Argentina en la década de 1990, un gobierno profundamente reaccionario: al agudizar la desigual distribución de la riqueza y empeorar la distribución del poder político, establece las condiciones para la permanencia de un régimen autocrático cada vez más corrupto, ineficiente y autoritario. Un régimen que intentó convencernos de que su política se inscribía en el ideario progresista, pero del cual es necesario recordar, parafraseando a Gore Vidal, que forma parte de una escena política en la que actúa un solo partido, un partido de derecha con dos alas: el peronismo conservador y el kirchnerismo reaccionario.
Argentina, ojos de papel
1. El 22 de febrero de 2012, en la estación Once de Septiembre de
ferrocarriles de Buenos Aires, a las 8:32 de la mañana, se hizo trizas
una formación de trenes llena de trabajadores, estudiantes, pobres. 51
muertos, una mujer embarazada, más de 700 heridos. El accidente pre
anunciado por la Auditoría Nacional, pasajeros y por los propios
asalariados del tren, descubrió con el hueso desintegrado de inocentes
lo sabido. Que la colusión negra entre la alta administración del
Estado, el Grupo Cirigliano y la superestructura sindical construyeron
las condiciones para el desastre. Un tren subsidiado por el pueblo, un
subsidio convertido en ganancia para la empresa amiga de los intereses
de funcionarios gubernamentales y de sindicalistas de espina y timo. El
capitalismo argentino en sus manifestaciones más decadentes: corrupción,
indolencia, negocio y crimen. Cada administración política de turno de
un Estado orientado por el programa ultraliberal tiene forma nacional y
contenido internacional. Si en Chile se impuso con metralla, en
Argentina se privilegia ‘el arreglo’, la manipulación, el soborno, el
silencio, la amenaza, el asesinato preciso.
Miles llenaron la Plaza de Mayo después de un año del espanto, reunidos en torno al clamor multiplicado por justicia y reestatización del servicio. Quien escribe también estuvo escuchando los martillazos testimoniales de los familiares de las víctimas. Muy cerca, a pocos metros, la Casa Rosada quedó teñida de sangre y vergüenza, de látigo popular e indignación demoledora que repitió durante horas ‘no los quiero de embajadores, tampoco en sus casas tranquilos; los quiero ver aquí juzgados. En esta plaza, en este sitio’.
2. El deterioro del capitalismo argentino sólo es ralentizado por el coyuntural buen precio de la soja y la producción cerealera. La estanflación, de su realidad aplanadora, pasó a convertirse en diagnóstico consensuado de los especialistas y de los no tanto (un misterio dialéctico). Es por ello que los inquilinos de turno de la Casa Rosada -concesionistas de medidas pirotécnicas y cortoplacistas a fuerza de un año electoral que determina la posibilidad de una tercera repostulación de la Presidenta Cristina Fernández-, más que mejorar salarios y condiciones laborales, propician una potente propaganda pro empleo, pero del peor pagado, del que causa mayores accidentes, y sin contrato de ningún tipo. La casta política y de intereses comunes, hegemónica aún y sin pueblo -en cualquiera de sus versiones, bloques y alianzas-, sabe perfectamente que en las condiciones actuales, el avance de la cesantía es seguro caldo de cultivo para un eventual ciclo abierto de lucha de clases (los jubilados sufren su calvario propio, casi a solas). Entonces de la crisis de representatividad y credibilidad de los gobiernos nacional y provinciales, del sistema de partidos políticos (incluidos y excluidos, blancos, amarillos y rojizos), se pasa a una crisis institucional, volviendo más próxima una crisis de gobernabilidad.
3. Más allá de la situación geopolítico económica de Argentina como territorio primario exportador agroextractivo -dependiente de los Estados corporativos centrales, la bolsa y los organismos del crédito imperialistas regentados por el momento financiero del capital-, las vacilaciones e improvisaciones del Ejecutivo nacional incrementan tanto la objetiva, como la denominada ‘sensación térmica’ de las mayorías de sobrevivir al día y no saber cómo llegar a fin de mes. La única 'solución' a mano hasta ahora para grandes sectores de trabajadores ha sido la proliferación de créditos de consumo mediante el plástico del comercio minorista, el retailer, el almacén del barrio, todos ellos, altamente especulativos y pro inflacionarios (consumo y gasto del salario diferidos y en creciente devaluación). La mayoría laboral que se desempeña informalmente, 'en negro' o ‘en gris’, indocumentadamente, está condenada a la confianza del almacenero.
4. La última iniciativa del gobierno nacional -que primero se anuncia con fuegos de artificio y en el camino se va modificando de acuerdo a los grupos de interés y presión- fue el congelamiento de los precios de las mercancías de los supermercados por dos meses para paliar malamente los efectos de la inflación. De inmediato se revelaron, por lo menos, cuatro dificultades y trampas. Los supermercados subieron sus precios antes de que la medida se pusiera en ejercicio; quienes fijan los precios son los grandes proveedores y no el momento de la venta a boca de consumidor; luego del tiempo de congelamiento de precios se estima que subirán de golpe las mercancías; y los dos meses coinciden con las negociaciones salariales de los trabajadores, por lo cual el congelamiento funciona como argumento empresarial para evitar los reajustes. Flor de política.
5. Mientras la administración del Estado continúa pagando religiosamente la deuda externa, tomando deuda interna de los ahorros previsionales de los trabajadores concentrados en la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), del Banco Central, emisión de bonos soberanos y el control de la compra de dólares para 'hacer caja'; el promedio del salario de los funcionarios públicos es de 3 mil pesos mensuales y la canasta mínima familiar se encuentra en 7 mil pesos. El dólar oficial está en 5 pesos y el paralelo en casi 8 pesos; en tanto, la inflación estructural se encuentra en alrededor de un 30 a un 35 % anual (según cuentas conservadores).
Pese a que las empresas inmobiliarias exponen una venta de departamentos un 85 % menor en enero de 2013 respecto del mismo mes del año anterior, en el país carecen de soluciones habitacionales 3 millones de personas. Así y todo, continúan vendiéndose predios públicos ligados a ferrocarriles y al puerto, entre otros, para continuar edificando viviendas de lujo. La sobreproducción en particular beneficiaría a la empresa Inversiones y Representaciones S.A. (IRSA), en sus cálculos, para vender eventual refugio sólo para millonarios. Los pocos que pueden ahorrar y no son grandes accionistas de nada, lo hacen en dólares, oro, compra de inmuebles y hasta en botellas de whisky. La credibilidad bancaria todavía se resiente del ‘corralito’ de 2001.
6. La crisis y el hambre ganancial del capital en Argentina también se manifiesta en el aumento de la violencia contra la mujer; en la escolaridad primaria pública reducida adrede a comedores infantiles para beneficio de la privada; en la secundaria del Continente que más consume marihuana; en la delincuencia principiante. La salud pública ofrece turnos atemporales incluso en casos de alto riesgo vital; en muchos hospitales los enfermos deben llevar sus propios materiales sanitarios y, por ejemplo, en la provincia de Córdoba, ya existen casos de dengue mortales, mientras las vacunaciones infantiles son parciales e insuficientes contra la meningitis, la TBC y la hepatitis B. Los seguros de salud privatizada –inaccesibles para la gran mayoría- por lo menos han duplicado su precio por similar cobertura. Los trabajadores ‘en blanco’ acceden a una obra social según el precio de su salario, y los mejor pagados suelen combinar ambos sistemas. Sin embargo, se trata únicamente de una franja de los trabajadores. Los jóvenes, los precarizados, los subempleados, los desempleados, los migrantes y los trabajadores ‘en negro’ –la mayoría de la fuerza laboral- solamente pueden optar a la salud pública en bancarrota.
7. En total, la mayor cantidad de huelgas y negociaciones paritarias el 2012 se concentró en los funcionarios del Estado (considerando docentes y trabajadores de la salud), y una minoría en la empresa privada (grande, mediana, pequeña o pequeñísima). Como en otros países, la organización sindical de los empleados públicos es históricamente superior a la de los trabajadores de empresas privadas, lo que facilita a los primeros contar con una mejor ubicación en las relaciones de fuerza para pactar. De hecho, los profesores agrupados en la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) ya están en huelga porque la propuesta gubernativa a sus demandas salariales está muy por debajo de la inflación. Todo lo contrario ocurre en el área privada. Al respecto, la llamada ‘inseguridad ciudadana’ está mucho más vinculada al temor de perder el empleo que a la delincuencia común.
8. No importa que las izquierdas todavía sean incapaces de constelarse. No importan sus razones abundantemente impresas y las inconfesables –que en caso alguno son sinónimo de comprensibles y comprendidas, aceptadas o siquiera algo interesantes para la gente de a pie-. No importa que las izquierdas se cobren cuentas absurdas, confundan al hermano de lucha con uno de los adversarios principales, intenten obtener más suscriptores mediante la apropiación obscena, uso y abuso de los mártires del pueblo. No importa que se autoproclamen ‘fuerzas nuevas’, cuando su conducta, discurso y procedimientos sean fotos en sepia y sin contexto, y reproduzcan los modos del sistema de partidos políticos en crisis. No importa que sean pura táctica confusa y proyecto abstracto, maximalista, descoyuntado de la realidad concreta. No importa que sus direcciones consideren que los fines no tengan ninguna relación con los medios. No importa. El movimiento real de los trabajadores y los pueblos y las contradicciones sociales se encargarán de parir los instrumentos de su propia emancipación. Con nuevos y no tan nuevos, pero rehabilitados militantes populares. De no ser así, la próxima oportunidad histórica para cuestionar materialmente los fundamentos de un capitalismo sin respuestas -imposible de emparchar o reformar significativamente, agonizante hasta que la voluntad de las mujeres y los hombres hagan estallar sus respiradores artificiales-, simplemente ofrecerá más tiempo a los contados enemigos de la humanidad y sus intereses nativos en terreno argentino.
Trabajadores y pueblos porque hay indígenas también en Argentina y migrantes fronterizos por doquier, aunque no aparezcan en los órganos oficiales de las izquierdas, esas versiones marchitas y autoreferentes, descontextualizadas y mal editadas de las relaciones sociales concretas del país actual.
9. Cuando termina este pobre fresco sobre la contingencia argentina, llegan noticias del asesinato del sindicalista chileno Juan Pablo Jiménez. En Chile es más fácil formar un grupo anticapitalista que un sindicato de lucha. Juan Pablo tenía 34 años y era Presidente del Sindicato Nº 1 de la Empresa Azeta, corporación subcontratista de Chilectra (propiedad de Endesa España, a su vez, propiedad de la transnacional italiana Enel). Fue asesinado a bala exacta y fría al interior de la propia empresa. Juan Pablo venía del futuro y había nacido para luchar y luchado para vencer. De esta memoria, emputecidos y armados con todas las razones, los desheredados batallan con la mira en el poder. Honor y gloria a Juan Pablo.
Miles llenaron la Plaza de Mayo después de un año del espanto, reunidos en torno al clamor multiplicado por justicia y reestatización del servicio. Quien escribe también estuvo escuchando los martillazos testimoniales de los familiares de las víctimas. Muy cerca, a pocos metros, la Casa Rosada quedó teñida de sangre y vergüenza, de látigo popular e indignación demoledora que repitió durante horas ‘no los quiero de embajadores, tampoco en sus casas tranquilos; los quiero ver aquí juzgados. En esta plaza, en este sitio’.
2. El deterioro del capitalismo argentino sólo es ralentizado por el coyuntural buen precio de la soja y la producción cerealera. La estanflación, de su realidad aplanadora, pasó a convertirse en diagnóstico consensuado de los especialistas y de los no tanto (un misterio dialéctico). Es por ello que los inquilinos de turno de la Casa Rosada -concesionistas de medidas pirotécnicas y cortoplacistas a fuerza de un año electoral que determina la posibilidad de una tercera repostulación de la Presidenta Cristina Fernández-, más que mejorar salarios y condiciones laborales, propician una potente propaganda pro empleo, pero del peor pagado, del que causa mayores accidentes, y sin contrato de ningún tipo. La casta política y de intereses comunes, hegemónica aún y sin pueblo -en cualquiera de sus versiones, bloques y alianzas-, sabe perfectamente que en las condiciones actuales, el avance de la cesantía es seguro caldo de cultivo para un eventual ciclo abierto de lucha de clases (los jubilados sufren su calvario propio, casi a solas). Entonces de la crisis de representatividad y credibilidad de los gobiernos nacional y provinciales, del sistema de partidos políticos (incluidos y excluidos, blancos, amarillos y rojizos), se pasa a una crisis institucional, volviendo más próxima una crisis de gobernabilidad.
3. Más allá de la situación geopolítico económica de Argentina como territorio primario exportador agroextractivo -dependiente de los Estados corporativos centrales, la bolsa y los organismos del crédito imperialistas regentados por el momento financiero del capital-, las vacilaciones e improvisaciones del Ejecutivo nacional incrementan tanto la objetiva, como la denominada ‘sensación térmica’ de las mayorías de sobrevivir al día y no saber cómo llegar a fin de mes. La única 'solución' a mano hasta ahora para grandes sectores de trabajadores ha sido la proliferación de créditos de consumo mediante el plástico del comercio minorista, el retailer, el almacén del barrio, todos ellos, altamente especulativos y pro inflacionarios (consumo y gasto del salario diferidos y en creciente devaluación). La mayoría laboral que se desempeña informalmente, 'en negro' o ‘en gris’, indocumentadamente, está condenada a la confianza del almacenero.
4. La última iniciativa del gobierno nacional -que primero se anuncia con fuegos de artificio y en el camino se va modificando de acuerdo a los grupos de interés y presión- fue el congelamiento de los precios de las mercancías de los supermercados por dos meses para paliar malamente los efectos de la inflación. De inmediato se revelaron, por lo menos, cuatro dificultades y trampas. Los supermercados subieron sus precios antes de que la medida se pusiera en ejercicio; quienes fijan los precios son los grandes proveedores y no el momento de la venta a boca de consumidor; luego del tiempo de congelamiento de precios se estima que subirán de golpe las mercancías; y los dos meses coinciden con las negociaciones salariales de los trabajadores, por lo cual el congelamiento funciona como argumento empresarial para evitar los reajustes. Flor de política.
5. Mientras la administración del Estado continúa pagando religiosamente la deuda externa, tomando deuda interna de los ahorros previsionales de los trabajadores concentrados en la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), del Banco Central, emisión de bonos soberanos y el control de la compra de dólares para 'hacer caja'; el promedio del salario de los funcionarios públicos es de 3 mil pesos mensuales y la canasta mínima familiar se encuentra en 7 mil pesos. El dólar oficial está en 5 pesos y el paralelo en casi 8 pesos; en tanto, la inflación estructural se encuentra en alrededor de un 30 a un 35 % anual (según cuentas conservadores).
Pese a que las empresas inmobiliarias exponen una venta de departamentos un 85 % menor en enero de 2013 respecto del mismo mes del año anterior, en el país carecen de soluciones habitacionales 3 millones de personas. Así y todo, continúan vendiéndose predios públicos ligados a ferrocarriles y al puerto, entre otros, para continuar edificando viviendas de lujo. La sobreproducción en particular beneficiaría a la empresa Inversiones y Representaciones S.A. (IRSA), en sus cálculos, para vender eventual refugio sólo para millonarios. Los pocos que pueden ahorrar y no son grandes accionistas de nada, lo hacen en dólares, oro, compra de inmuebles y hasta en botellas de whisky. La credibilidad bancaria todavía se resiente del ‘corralito’ de 2001.
6. La crisis y el hambre ganancial del capital en Argentina también se manifiesta en el aumento de la violencia contra la mujer; en la escolaridad primaria pública reducida adrede a comedores infantiles para beneficio de la privada; en la secundaria del Continente que más consume marihuana; en la delincuencia principiante. La salud pública ofrece turnos atemporales incluso en casos de alto riesgo vital; en muchos hospitales los enfermos deben llevar sus propios materiales sanitarios y, por ejemplo, en la provincia de Córdoba, ya existen casos de dengue mortales, mientras las vacunaciones infantiles son parciales e insuficientes contra la meningitis, la TBC y la hepatitis B. Los seguros de salud privatizada –inaccesibles para la gran mayoría- por lo menos han duplicado su precio por similar cobertura. Los trabajadores ‘en blanco’ acceden a una obra social según el precio de su salario, y los mejor pagados suelen combinar ambos sistemas. Sin embargo, se trata únicamente de una franja de los trabajadores. Los jóvenes, los precarizados, los subempleados, los desempleados, los migrantes y los trabajadores ‘en negro’ –la mayoría de la fuerza laboral- solamente pueden optar a la salud pública en bancarrota.
7. En total, la mayor cantidad de huelgas y negociaciones paritarias el 2012 se concentró en los funcionarios del Estado (considerando docentes y trabajadores de la salud), y una minoría en la empresa privada (grande, mediana, pequeña o pequeñísima). Como en otros países, la organización sindical de los empleados públicos es históricamente superior a la de los trabajadores de empresas privadas, lo que facilita a los primeros contar con una mejor ubicación en las relaciones de fuerza para pactar. De hecho, los profesores agrupados en la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) ya están en huelga porque la propuesta gubernativa a sus demandas salariales está muy por debajo de la inflación. Todo lo contrario ocurre en el área privada. Al respecto, la llamada ‘inseguridad ciudadana’ está mucho más vinculada al temor de perder el empleo que a la delincuencia común.
8. No importa que las izquierdas todavía sean incapaces de constelarse. No importan sus razones abundantemente impresas y las inconfesables –que en caso alguno son sinónimo de comprensibles y comprendidas, aceptadas o siquiera algo interesantes para la gente de a pie-. No importa que las izquierdas se cobren cuentas absurdas, confundan al hermano de lucha con uno de los adversarios principales, intenten obtener más suscriptores mediante la apropiación obscena, uso y abuso de los mártires del pueblo. No importa que se autoproclamen ‘fuerzas nuevas’, cuando su conducta, discurso y procedimientos sean fotos en sepia y sin contexto, y reproduzcan los modos del sistema de partidos políticos en crisis. No importa que sean pura táctica confusa y proyecto abstracto, maximalista, descoyuntado de la realidad concreta. No importa que sus direcciones consideren que los fines no tengan ninguna relación con los medios. No importa. El movimiento real de los trabajadores y los pueblos y las contradicciones sociales se encargarán de parir los instrumentos de su propia emancipación. Con nuevos y no tan nuevos, pero rehabilitados militantes populares. De no ser así, la próxima oportunidad histórica para cuestionar materialmente los fundamentos de un capitalismo sin respuestas -imposible de emparchar o reformar significativamente, agonizante hasta que la voluntad de las mujeres y los hombres hagan estallar sus respiradores artificiales-, simplemente ofrecerá más tiempo a los contados enemigos de la humanidad y sus intereses nativos en terreno argentino.
Trabajadores y pueblos porque hay indígenas también en Argentina y migrantes fronterizos por doquier, aunque no aparezcan en los órganos oficiales de las izquierdas, esas versiones marchitas y autoreferentes, descontextualizadas y mal editadas de las relaciones sociales concretas del país actual.
9. Cuando termina este pobre fresco sobre la contingencia argentina, llegan noticias del asesinato del sindicalista chileno Juan Pablo Jiménez. En Chile es más fácil formar un grupo anticapitalista que un sindicato de lucha. Juan Pablo tenía 34 años y era Presidente del Sindicato Nº 1 de la Empresa Azeta, corporación subcontratista de Chilectra (propiedad de Endesa España, a su vez, propiedad de la transnacional italiana Enel). Fue asesinado a bala exacta y fría al interior de la propia empresa. Juan Pablo venía del futuro y había nacido para luchar y luchado para vencer. De esta memoria, emputecidos y armados con todas las razones, los desheredados batallan con la mira en el poder. Honor y gloria a Juan Pablo.
Once, a un año
ay que oírles la voz. Quieren decir cosas, llenos de entereza. Pero hay
algo en su tono. Un tenue temblor que se va acentuando con las palabras.
Hablan de sus vivencias, describen su dolor, semblanzan a sus queridos
ausentes.... Y se quiebran. La voz adopta la forma de sus espíritus:
están rotos por el dolor. Así se los escucha a los deudos de quienes
murieron en la Tragedia de Once, hace exactamente un año.
El dolor ciega, pero busca señalar a los culpables. En este caso, niega a la representación política, sin darse cuenta que está produciendo un hecho político: el no claudicar en la causa por condenar a los culpables es tan político como las banderas que niegan para el acto en memoria de los queridos ausentes.
Lamentablemente, la “Justicia” de este país injusto, podrá llegar a condenar con suerte a los ejecutores de una determinada política de Estado respecto a los ferrocarriles, pero jamás podrá tocar a los verdaderos responsables políticos: el matrimonio Kirchner y la mayoría de sus secuaces. Los trenes son un servicio público cuyo desenvolvimiento en sociedad está determinado por quienes conducen alternativamente el Estado. Durante 8 años, el matrimonio gobernante supo cómo viajaban los asiduos usuarios de todas la líneas ferroviarias, pero nunca hicieron más que subsidiar a quienes concesionaban para llenarse mutuamente los bolsillos. ¿Quién puede decir con propiedad y sin temor al ridículo que la señora Cristina desconocía el estado de las formaciones donde decenas de miles de seres humanos exponen sus vidas diariamente? Pues bien, la señora podía cambiar la situación, tenía el poder, la potestad y el deber de hacerlo... pero no lo hizo. En su capitalismo “de amigos” (nacionales y extranjeros, más extranjeros que nacionales) privilegió lo que su concepción social le dicta: los negociados por sobre los derechos de los seres humanos.
Por eso se habla ahora de que “se debería” llegar a De Vido con la balanza de la justcia, además de a los Cirigliano, los Jaime y los Schiavi. Pero jamás se la nombra a “ella” ni a “él”. Cuánto nos falta...
Somos muchos los que nos basamos en lo ideológico para sustentar lo que pensamos acerca de cómo organizar la sociedad. Buscamos en lo teórico el apoyo a nuestros sueños. Y está bien que así sea, ya que alguien dijo alguna vez que “sin teoría revolucionaria no hay revolución”. Pues bien, es evidente que el cambio social de raíz es ya no una cuestión de justicia, sino de necesidad, de vida o muerte. El asunto es que la realidad nos enseña más que ninguna otra cosa. Y hay una cuestión intuitiva que nos lleva a decir “estas cosas pasan porque los funcionarios y sus familias no viajan en los trenes”. Bien, no nos quedemos en la denuncia, entonces. Hagamos algo para cambiar las injusticias en nuestra sociedad. Dejemos de apoyar a quienes no viajan como nosotros. Es más, dejemos de apoyar a quienes no viven en las condiciones en las que nos hacen vivir a nosotros. No apoyemos a quienes no mandan a sus hijos a escuelas del Estado, a quienes no se atienden en hospitales públicos, a quienes tienen custodias especiales, a quienes no trabajan como nosotros, a quienes ganan fortunas y nos condenan a salarios insuficientes, a quienes comen como nosotros no podemos. Dejemos de apoyar a los que moldean la realidad desigual que vivimos, en la que ellos gozan y nosotros nos sacrificamos. Democraticemos las obligaciones, socialicemos los derechos, y dejarán de ocurrir tragedias como la de Once.
También, claro, dejarán de existir los explotadores.
Y así sí, podremos aspirar a ser felices.
Gustavo Robles
El dolor ciega, pero busca señalar a los culpables. En este caso, niega a la representación política, sin darse cuenta que está produciendo un hecho político: el no claudicar en la causa por condenar a los culpables es tan político como las banderas que niegan para el acto en memoria de los queridos ausentes.
Lamentablemente, la “Justicia” de este país injusto, podrá llegar a condenar con suerte a los ejecutores de una determinada política de Estado respecto a los ferrocarriles, pero jamás podrá tocar a los verdaderos responsables políticos: el matrimonio Kirchner y la mayoría de sus secuaces. Los trenes son un servicio público cuyo desenvolvimiento en sociedad está determinado por quienes conducen alternativamente el Estado. Durante 8 años, el matrimonio gobernante supo cómo viajaban los asiduos usuarios de todas la líneas ferroviarias, pero nunca hicieron más que subsidiar a quienes concesionaban para llenarse mutuamente los bolsillos. ¿Quién puede decir con propiedad y sin temor al ridículo que la señora Cristina desconocía el estado de las formaciones donde decenas de miles de seres humanos exponen sus vidas diariamente? Pues bien, la señora podía cambiar la situación, tenía el poder, la potestad y el deber de hacerlo... pero no lo hizo. En su capitalismo “de amigos” (nacionales y extranjeros, más extranjeros que nacionales) privilegió lo que su concepción social le dicta: los negociados por sobre los derechos de los seres humanos.
Por eso se habla ahora de que “se debería” llegar a De Vido con la balanza de la justcia, además de a los Cirigliano, los Jaime y los Schiavi. Pero jamás se la nombra a “ella” ni a “él”. Cuánto nos falta...
Somos muchos los que nos basamos en lo ideológico para sustentar lo que pensamos acerca de cómo organizar la sociedad. Buscamos en lo teórico el apoyo a nuestros sueños. Y está bien que así sea, ya que alguien dijo alguna vez que “sin teoría revolucionaria no hay revolución”. Pues bien, es evidente que el cambio social de raíz es ya no una cuestión de justicia, sino de necesidad, de vida o muerte. El asunto es que la realidad nos enseña más que ninguna otra cosa. Y hay una cuestión intuitiva que nos lleva a decir “estas cosas pasan porque los funcionarios y sus familias no viajan en los trenes”. Bien, no nos quedemos en la denuncia, entonces. Hagamos algo para cambiar las injusticias en nuestra sociedad. Dejemos de apoyar a quienes no viajan como nosotros. Es más, dejemos de apoyar a quienes no viven en las condiciones en las que nos hacen vivir a nosotros. No apoyemos a quienes no mandan a sus hijos a escuelas del Estado, a quienes no se atienden en hospitales públicos, a quienes tienen custodias especiales, a quienes no trabajan como nosotros, a quienes ganan fortunas y nos condenan a salarios insuficientes, a quienes comen como nosotros no podemos. Dejemos de apoyar a los que moldean la realidad desigual que vivimos, en la que ellos gozan y nosotros nos sacrificamos. Democraticemos las obligaciones, socialicemos los derechos, y dejarán de ocurrir tragedias como la de Once.
También, claro, dejarán de existir los explotadores.
Y así sí, podremos aspirar a ser felices.
Gustavo Robles
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
