La Argentina padece la grave dolencia del olvido. Está inmersa en lo que
suele denominarse, cuando se habla de vidas privadas, como “déficit de
atención”. Es una dolencia peliaguda: todo aburre, nada atrapa, la vida
transcurre en la montaña rusa de las efusiones fugaces. Nos preguntamos poco y
nada sobre esa incapacidad de recordar lo relativamente reciente. Una sociedad
que no sigue con deliberado interés lo que la afecta de manera directa, es como
un geronte aquejado de senilidad.
¿Cuánto tiempo transcurrió desde que nos estuvieron hamacando impiadosamente
con la mítica tarjeta SUBE? Tenerla era la puerta de entrada a un transporte más
barato. La Presidenta zamarreó a la gente en plena canícula para que hiciera
colas bajo el sol a fin de munirse del bendito plástico. Hubo plazos
perentorios: sáquenla ya o se van a embromar. La gente hizo las colas y se
ilusionó. No anduvo: la tarjeta existe relativamente hoy, pero los que no la
tienen no pagan más caro.
El mismo dispositivo, sádico e irresponsable, se aplica en variados casos y
escenarios. Hace muchos años que este gobierno practica con fervor mesiánico la
estrategia de los anuncios, un procedimiento intrínsecamente fraudulento que
desnuda una profunda fisura ética. Lo del Indec es más de lo mismo: mentir sin
pestañear. Paradigma de esa conducta abominable es el zigzagueo incesante de la
logorrea de Aníbal Fernández (“hago lo que se me antoja” primero, “hice lo que
tenía que hacer” después).
En una época del país en la que las palabras son monarcas absolutas de la
cotidianeidad, anunciar es hacer. ¿Dónde están las “milanesas para todos” que
anunció hace algunos meses la presidente en una de sus más bochornosas correrías
mediáticas? Todo sucede como si la Argentina, supuestamente comprometida con la
evocación híper ideologizada de los años 70, viviera en realidad despojada de
ayer y de mañana. Esto no empezó con la señora Fernández. Pocas semanas después
de jurar como presidente, Kirchner reinauguró el servicio mesopotámico del tren
El Gran Capitán, hoy cancelado y que nunca anduvo mínimamente bien. El día que
un equipo de reporteros rastrille los diarios desde mayo de 2003 a hoy para
transcribir la hilera infinita de anuncios hechos pero incumplidos en esta casi
década de gestión, la sociedad sentirá náusea. Son centenares de planes,
decisiones, programas y operativos que a lo largo de los años se vienen
proclamando como partes de batalla que se desmaterializan a las pocas semanas.
Cínica hasta la exasperación, la sociedad refunfuña pero banca esas fugacidades
y barrunta que ya nada la sorprende.
A quienes se llenan el paladar con la convicción de que la Argentina es el
lugar del mundo más comprometido con la “memoria”, sería bueno proponerles
verdades más amargas y menos indulgentes. En verdad, tendemos a chapotear en el
recuerdo regurgitante de lo bastante viejo y caduco, pero el registro de lo más
reciente se nos hace resbaladizo y hasta imposible. Tiene razón, por eso mismo,
Francisco Peregil, el perceptivo nuevo corresponsal de El País de España, al
subrayar que el plan de los créditos para “soluciones habitacionales” revela
improvisación oficial. “Su efecto positivo en la imagen del Gobierno perdurará
menos que la expropiación de YPF”, diagnostica con una certeza inquietante.
Es que los anuncios, como los legendarios “operativos” argentinos, son a una
política de Estado lo que las eyaculaciones precoces de un varón a su vida
sexual. Son zafarranchos, escarceos, guisos retóricos que se vierten sin
control, como un jarabe tóxico sobre una sociedad que, aun cuando presume que
está siendo engañada, remolonea con incredulidad, pero enseguida olvida.
¿Cuántos “planes” de vivienda se han presentado en estos nueve años? ¿Cuántos
servicios ferroviarios se han puesto en servicio? ¿Cuántas fábricas han sido
inauguradas o relanzadas? ¿Quién lleva el registro de tantas y tan variadas
exhalaciones de impudicia?
La pasión por el instante, esa hazaña congelada en el tiempo y que pareciera
hacerse realidad por el solo hecho de anunciarse, transpira en otros nichos de
la realidad social del país. Así, por ejemplo, una colección de emires
sindicales que integran el consejo directivo de la CGT publicó una solicitada
esta semana reclamando contra la falta de transparencia e ilegalidad que
atribuyen a Hugo Moyano. Muertos versus degollados: los primaverales
democratizadores que suscriben el esperpento son el encarcelado José Pedraza
(“secretario de Cultura” de la CGT), el apóstata de Moyano y poderoso empresario
del taxi Omar Viviani, el empresario de la construcción Gerardo Martínez, el
mimado centauro estatal de Menem, Andrés Rodríguez, así como juveniles pichones
de la militancia proletaria argentina, del estilo de Armando Cavalieri y Oscar
Lescano, quien, no sin un bienvenido toque de humor, firma como “secretario de
Turismo”. Es la misma operación: olvido asegurado, memoria perforada, atención
dispersa, impunidad efectiva, en tanto y en cuanto todo puede ser dicho y
proclamado en la Argentina sin temor a pagar precios verdaderamente altos.
La peste de una política que pivotea esencialmente sobre anuncios, generados
a su vez por corazonadas espasmódicas, deja –sin embargo– alta rentabilidad para
quienes conducen hoy al país. Tapada por la lluvia de proyectiles mediáticos, la
sociedad se olvida mañana de lo que la indignó hoy. Más allá de que Kicillof
puede participar simultáneamente de la conducción de Techint-Siderar, liderar de
hecho a YPF y pergeñar un mega plan nacional de viviendas, lo cierto es que el
bochorno de la rodilla aerotransportada de Máximo Kirchner fue desplazado de la
agenda periodística por las genialidades “keynesianas” de “Axel”.
Tras casi un cuarto de siglo de manejar Santa Cruz y ante su aparente
carencia de condiciones médicas correctas, gastaron 60 mil dólares en ir a
recuperarlo al pobre Máximo por su rodilla infectada para traerlo a un sanatorio
privado de excelencia, aunque en 2003, cuando inauguró la sala presidencial del
Hospital Argerich, Kirchner juró que quería ser atendido de la misma manera en
que se atiende el pueblo. Ahora prometen darles vivienda a centenares de miles
de argentinos. ¿Por qué se debería creer que cumplirán?
Pepe Eliaschev
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